‘Castigo Divino’ Un salto al cine del humorista Juan Davila tan diferente y arriesgado como irregular

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En el mundo del cine siempre habrá películas que supongan el salto al medio para algún humorista. Ahí tenemos a Dani Rovira, que pegó el pelotazo del siglo con la película más taquillera del cine español, Ocho apellidos vascos. Intentos ha habido muchos, no todos igual de exitosos que el de Rovira (también es difícil que se repita algo parecido), pero desde luego, haberlos, los hay. Y en este caso, Castigo divino es el salto al mundo del cine por parte del humorista Juan Dávila, uno de los más exitosos actualmente, capaz incluso de llenar estadios (que te guste o no su humor ya depende de cada espectador).

Y lo cierto es que se agradece el intento por hacer algo distinto, incluso metiéndose en aspectos dramáticos para no repetir lo que hace en los escenarios, arriesgándose a mostrar otras facetas diferentes. El problema es que el resultado queda un poco desigual.

Pedro (Juan Dávila), un enfermero solitario y caótico, recibe accidentalmente una caja mágica que le otorga poderes sobrenaturales, pero bajo estrictas reglas de uso. Guiado por Gael, la misteriosa portadora anterior, Pedro deberá aprender a usar sus nuevas habilidades para ayudar a los demás mientras se enfrenta a los fantasmas de su propio pasado.

Me imagino a los productores de Castigo divino intentando gestar la película:
Productor 1: «Oye, queremos hacer una película que suponga el salto al cine de Juan Dávila; vamos a hacer una comedia muy de su estilo».
Productor 2: «…Pero una cosa, ¿por qué no metemos aspectos sociales como la sanidad para que sea algo distinto a lo que Juan suele hacer?».
Productor 1: «Uy, pues me parece una idea estupendísima, pero… ¿no crees que puede resultar algo demasiado deprimente para el espectador?».
Productor 2: «Ay, pues un poco… Espera, tengo la solución: ¿por qué no añadimos un toque de fantasía retro ochentera a la película? Al fin y al cabo, es lo que se lleva ahora».
Productor 1: «Me parece una idea perfecta».

Bien, pues eso es Castigo divino: un pastiche, un mejunje de muchas cosas de las cuales no tiene muy claro realmente qué quiere ser. Y en ese aspecto la perjudica, pues el tono deambula por diferentes aguas sin dar un golpe sobre la mesa en ninguna de ellas. Como comedia se queda un poco a medio gas, y lo mismo le pasa con el drama que intenta manejar y con su toque fantástico, el cual descoloca al espectador constantemente al no saber muy bien, a ciencia cierta, a quién quiere ir dirigida.

Sin duda, las intenciones son buenas y el filme se deja ver con amabilidad, pero tal mezcla queda descompensada constantemente, entorpeciéndose a sí misma con sus diferentes géneros y tramas. Al menos, la película resulta distraída, pero nunca termina de llegar al espectador, pese a que lo intente por todos sus medios.

Los actores cumplen, y he de decir que Juan Dávila sorprende en un cambio de rol bastante más dramático de lo esperado, el cual resuelve de manera bastante correcta para el lío que tiene entre manos. A destacar la aparición de Lolita, que se lo pasa bastante bien con el personaje que le han brindado.

Pero el problema, como he dicho antes, viene de arriba por intentar meter demasiadas cosas, sin que haya unidad o solidez en lo que cuenta, por lo que se queda a medio gas en todo lo que quiere proponer. Desde luego, arriesgada es, e incluso podría decirse valiente, aunque el resultado sea irregular.

Y es que no se suele dar que el salto al cine de un humorista sea tan diferente de lo que el público espera, y por ello se agradece el riesgo de hacer algo distinto. Otra cosa es que el resultado no sea tan brillante como cabría esperar.

‘Historias del buen valle’: radiografía de un barrio

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En el imaginario cinéfilo colectivo se sitúa al cineasta catalán José Luis Guerín detrás de aquella obra magna En construcción (2002) -amén del resto de su interesante filmografía- que tantos intelectos cautivó a principios de siglo. Con un talento inaudito para la captación de la realidad mediante el dispositivo cinematográfico, el director construyó una mirada cuasi antropológica sobre un barrio concreto que funciona como sinécdoque de la sociedad, el desarrollo urbanístico y la relación entre ser humano y entorno. La capacidad de Guerín para esclarecer la verdad a través de la observación pasiva, se traslada a su nueva -obra magna- Historias del buen valle (2025), cinta, de nuevo documental, que se encarga de explorar el tejido humano atrapado entre los evidentes límites de un enclave tan único como el barrio barcelonés de Vallbona, “Valle Bueno”.

A gran diferencia de su documental mencionado, Historias del buen valle presenta a sus personajes a golpe de entrevista. Buena parte del primer acto discurre entre respuestas de los habitantes de Vallbona —de distintos orígenes, sexos y edades— a las preguntas que el interlocutor plantea sobre su barrio. Testimonios humanos directos y planos recurso cuidadosamente compuestos del lugar, dibujan un marco histórico y físico de Vallbona sobre el que, una vez instalado, poder verter nuestra atención y emociones.

Una vez situado, el barrio vive solo. Guerín registra el costumbrismo de sus calles, la autenticidad de sus reuniones familiares, los juegos infantiles a orillas del río… De una manera tan delicada y veraz, asemejable en la ficción al cine de Jonás Trueba —implicado en su producción—, que casi sin quererlo deja ver la pragmática filosofía de a pie de unas personas sencillas y puras que tanto combaten un duelo con pesar como disfrutan regando unas plantas. En definitiva, traslada a la imagen los destellos de vida de un lugar que agoniza pero mantiene intactos los valores sociales que nos han llevado a nuestro tiempo.

Historias del buen valle, además, no está exenta de dimensión política: hace hincapié en las limitaciones infraestructurales que dificultan la vida contemporánea en el barrio. No existe una romantización de la precariedad de Vallbona, sino un intento de plasmar la luz interior de sus habitantes y la belleza de sus encuentros, sin dejar a un lado la necesaria denuncia y lucha por sus derechos —de nuevo, por parte de las personas, sin que el autor intervenga directamente—. De esta forma se establece un respeto máximo en el que los humanos frente a la cámara son auténticos protagonistas del relato, sin que el ego tras ella lo pueda opacar. Lo contemplativo y somero de la película no hace más que enclavar aún más las ideas planteadas y afilar la belleza que de por sí irradia su contenido.

Es hermosa la manera en que Historias del buen valle concibe el entorno y sus pobladores como personajes coexistentes, y cómo construye su relación durante todo el metraje para evidenciar el efecto transformador que el ser humano surte sobre la tierra. La eterna relación del hombre y la naturaleza, tan dependiente en su forma del paso del tiempo. Tanto En construcción como la actual inciden en la manera en que el ser humano afecta a su alrededor. De una manera en la última casi tan metafísica como en el cine de Robert Bresson (Mouchette), véase la escena de cierre de la película.

Desconozco si Historias del buen valle es la mejor película de su cineasta, pero desde luego es a mi parecer la mejor española del año —de producción, 2025—. No pierdan un momento para verla, la pureza que destila por seguro enriquecerá sus corazones. Yo también hablaría a las plantas.